LA LEYENDA DE LA CASA CERRADA DE TOLEDO
Tras contaros el primer periodo de la conquista de al-Andalus, ahí va una leyenda relacionada con ese momento:
Cuentan que había en Toledo una casa con muchos cerrojos. Unos dicen que tenía veinte y otros hablan de veinticuatro. El caso es que cada rey visigodo que acedía al trono en la península le ponía uno nuevo.
Fieles a la tradición, ninguno de aquellos reyes dejó de poner su correspondiente cerrojo. Tampoco hubo entre ellos quien osara abrir la casa para conocer lo que pudiese guardar en su interior. Con tal proceder no hacían más que seguir los consejos de sus asesores religiosos y los de los nobles de la corte.
Así vino ocurriendo hasta que subió al trono el rey Rodrigo. Parece ser que éste nunca tuvo intención de respetar esta tradición, pues, poco tiempo antes de ser conquistada al-Andalus por los musulmanes, se juró así mismo no morir sin antes descubrir lo que ocultaba aquella casa. De manera que ni puso a ésta cerrojo ni se resistió a la tentación de abrir los que ya tenía.
Torturado por la curiosidad, se decía una y otra vez que era indispensable abrir aquella casa para conocer lo que contenía. Entretanto, sus consejeros insistían en recordarle que debía pensar muy bien lo que quería hacer, pues, con tal medida, podía provocar calamidades que nunca habían conocido con reyes anteriores. Tal y como le repetían, debía seguir el ejemplo de sus predecesores en el trono, que habían sido hombres sabios.
Pero Rodrigo, desoyendo tales recomendaciones, se dirigió a la casa y mandó abrir todos sus cerrojos. Se dice que al entrar en ella, quedó sorprendido por su austeridad, pues estaba casi vacía. Tan solo halló un arca de madera envuelta en telas de araña. De su interior extrajo un pergamino en el que pudo ver representadas figuras humanas montadas a caballo. Lucían turbantes en la cabeza, esgrimían espadas engalanadas y portaban lanzas y arcos.
Bajo estas figuras, presentaba el pergamino un escrito en lengua extrajera. Explicaba éste que aquéllas representaban a los árabes, quienes entrarían en la península y la conquistarían. Más adelante, el escrito presagiaba que una vez fueran violados los cerrojos de la casa y mostradas las figuras de los árabes del pergamino, la fuerza de éstos sería tal que acabarían haciéndose con el país.
Al leer aquellas palabras, Rodrigo y quienes le acompañaban advirtieron que su final estaba próximo. Y, llenos de amargura por entender que iban a perder sus dominios, pensaron que al final tendrían que huir.
Aquel presagio terminó por cumplirse. Los árabes llegaron a la península poco después de que fuesen abiertas las cerraduras y se penetrara en la casa. Rodrigo lamentó entonces haberla abierto y ordenó cerrarla.
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domingo, 15 de abril de 2007
jueves, 12 de abril de 2007
La union hace la fuerza
Quiso uno de los caídes enseñar a sus hijos las virtudes de la unión; les reunió y les pidió que juntasen sus flechas una con otra y las hiciesen un solo haz; después les pidió, uno tras otro, que las rompieran. Cada uno de ellos intentó romperlas pero no pudo. Les pidió que desataran el haz y que cada uno cogiese su flecha y la rompiera; lo cual hicieron con facilidad. Entonces les dijo su padre: Vosotros sois como estas flechas: si os unís y vuestra palabra es una, vuestro enemigo no podrá con vosotros; y si os dividís, os vencerá...
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Cuentan que un hombre cazó una alondra que le dijo: ¿Qué vas a hacer conmigo? Dijo el hombre: Te degollaré y te comeré Dijo la alondra: Juro por Dios que yo no saciaré el hambre, pero puedo darte tres cualidades (consejos) que te serán más útiles que comerme. La primera te la diré mientras esté en tu mano, la segunda cuando esté sobre el árbol y la tercera cuando esté sobre el monte. Dijo el hombre: Dime la primera, y la alondra le dijo: No te arrepientas del pasado. El hombre la soltó y cuando ya estaba sobre el árbol, le dijo: Dime la segunda. Dijo la alondra: No creas en la posibilidad de realizar lo irrealizable, luego voló hasta el monte y dijo: ¡Oh desgraciado! si me hubieras degollado, habrias sacado de mi buche dos perlas que pesan cada una treinta mizcales. El hombre se mordió la mano y muy arrepentido dijo: ¡Dime la tercera! La alondra le dijo: Has olvidado las dos primeras, ¿de qué te servirá la tercera? ¿no te dije que no te arrepintieses del pasado y te arrepentiste? y ¿no te dije que no creyeras en la posibilidad de realizar lo irrealizable? Yo, mi carne, mi sangre y mis plumas no pesamos ni veinte mizcales, ¿cómo has creido que en mi buche podía haber dos perlas de treinta mizcales cada una? Luego echó a volar y se fue.
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Cuentan que un hombre cazó una alondra que le dijo: ¿Qué vas a hacer conmigo? Dijo el hombre: Te degollaré y te comeré Dijo la alondra: Juro por Dios que yo no saciaré el hambre, pero puedo darte tres cualidades (consejos) que te serán más útiles que comerme. La primera te la diré mientras esté en tu mano, la segunda cuando esté sobre el árbol y la tercera cuando esté sobre el monte. Dijo el hombre: Dime la primera, y la alondra le dijo: No te arrepientas del pasado. El hombre la soltó y cuando ya estaba sobre el árbol, le dijo: Dime la segunda. Dijo la alondra: No creas en la posibilidad de realizar lo irrealizable, luego voló hasta el monte y dijo: ¡Oh desgraciado! si me hubieras degollado, habrias sacado de mi buche dos perlas que pesan cada una treinta mizcales. El hombre se mordió la mano y muy arrepentido dijo: ¡Dime la tercera! La alondra le dijo: Has olvidado las dos primeras, ¿de qué te servirá la tercera? ¿no te dije que no te arrepintieses del pasado y te arrepentiste? y ¿no te dije que no creyeras en la posibilidad de realizar lo irrealizable? Yo, mi carne, mi sangre y mis plumas no pesamos ni veinte mizcales, ¿cómo has creido que en mi buche podía haber dos perlas de treinta mizcales cada una? Luego echó a volar y se fue.
El viejo maestro
El viejo maestro Había una vez en el antiguo Al-Andalus, un viejo maestro en el arte de la guerra , ya retirado que se dedicaba a enseñar el arte de la meditación a sus jóvenes alumnos. A pesar de su avanzada edad, corría la leyenda de que todavía era capaz de derrotar a cualquier adversario. Cierto día apareció por allí un guerrero con fama de ser el mejor en su género. Era conocido por su total falta de escrúpulos y por ser un especialista en la técnica de la provocación. Este guerrero esperaba que su adversario hiciera el primer movimiento y después con una inteligencia privilegiada para captar los errores del contrario atacaba con una velocidad fulminante. Nunca había perdido un combate. Sabiendo de la fama del viejo maestro, estaba allí para derrotarlo y así aumentar su fama de invencible. El viejo aceptó el reto y se vieron en la plaza pública con todos los alumnos y gentes del lugar. El joven empezó a insultar al viejo maestro. Le escupió, tiró piedras en su dirección, le ofendió con todo tipo de desprecios a él, sus familiares y antepasados. Durante varias horas hizo todo para provocarlo, pero el viejo maestro permaneció impasible. Al final de la tarde, exhausto y humillado, el joven guerrero se retiró. Los discípulos corrieron hacia su maestro y le preguntaron cómo había soportado tanta indignidad de manera cobarde sin sacar su espada, asumiendo el riesgo de ser vencido. -Si alguien te hace un regalo y tú no lo aceptas, ¿a quién pertenece ese regalo? -preguntó el viejo maestro. -A quién intentó entregarlo -respondió un discípulo. -Pues lo mismo vale para la rabia, la ira, los insultos y la envidia -dijo el maestro-, cuando no son aceptados continúan perteneciendo a quien los cargaba consigo.
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